miércoles, 26 de noviembre de 2014

FIN

Después de casi un año sin publicar nada aquí creo que ya es momento de cerrar este capítulo.

No se acaba, no, en absoluto, continúo en otra forma y distinta piel, pero el fondo es el mismo.

Esto no se acaba porque la poesía nunca se acaba.

Sólo es un hasta luego.

Gracias a todos los que en algún momento habéis pasado por aquí.

Os espero, si os apetece, en mi nueva casa.

No sé si este diario fue un buen o un mal ejercicio de poesía, pero sé que disfruté mucho haciéndolo. Me voy a explorar nuevos mundos. Espero encontraros en alguno de ellos.

Abrazos.

lunes, 30 de diciembre de 2013

(Noche de San Petersburgo)


AUDIO

He escrito con semen tu nombre en el metro 
que me sobra de sábana,
y he colgado mi catre a la luz 
de la luna hipnotizada de Diciembre.
He perdido en la cocina el recuerdo
del gato que nunca tuve,
y he tratado de suicidarme 
comiendo chino con pinzas
de tender la ropa.
He compartido caladas 
de polvo con la aspiradora,
escuchando el crujir de las grúas
varadas del puerto.
Le he devuelto tu tanga a la vecina, 
cuando vino a pedirme sal, y acabamos 
descorchando servilletas.
Ha decidido mudarse y yo
no tengo claro qué hacer
con tu perro y sus enseres.
He disparado a un jilguero con maíz
resistente al microondas,
y he frotado su cuerpo frágil 
y lánguido por mis ojos.
He montado un gabinete astrológico
para poder llamar y que me digan
cuando amanece.
Tengo sangre de pájaro 
en la comisura,
y una lista de tareas 
en el frigorífico.
El puerto ruge tras la niebla,
maullando insistente góndolas
y petroleros.
Sonidos que se cuelan nostálgicos
en mi noche de San Petersburgo.
Yo soy un hombre derecho
que se calza su bufanda nueva
y sus patucos,
enciende un cigarro maltrecho  
con sus manos de lija,
y sale a abrirle puertas
de carne a la noche.



jueves, 28 de noviembre de 2013

(Buscándome)



Recorrí las calles
del ensanche de vallecas
al trote cochinero
intentando encontrarme.
Primero a ciegas
como hacen los locos
luego ya probé
a utilizar gps.
Logré estrechar el cerco
de mi cintura,
pero en caso alguno
conseguí acercarme.
Me fui dejando pistas,
pruebas de mi paso,
huyendo tras de mí
con la lengua fuera.
Las señoras de la compra,
de tanto verme,
me miraban tristes
arrastrando el carro,
y después de saludarme
proseguían camino,
agitando la cabeza,
la mirada gacha.

Reducido a la mitad
y sin saber quien era,
traté de convertirme
en un hombre educado.
Estudié tres carreras,
con su master consiguiente,
fui erasmus, ingeniero,
doctor, becario.
Y entre toda la ciencia
vislumbrada en los libros,
no hubo fórmula cierta
para explicarme.
Acabé preparado,
culto,
inútil.
Y caí vacío,
arruinado,
exhausto.

Decidí por entonces
aprender un oficio,
por ver si el que soy
se encontraba en las artes:
subí puertos el año
que fui ciclista,
abrí puertas el año
que fui portero,
desfalqué la lana
cuando fui pastor,
y esquilé a mi jefe
cuando fui contable.
El año de psicólogo
subieron los suicidios,
el año de mecánico,
los accidentes,
y aunque sólo fuera
por casualidad,
el mes de gigoló
fue un completo éxito.

Pero esas son solo
cosas que hice,
papeles jugados con más
o menos suerte,
y a pesar de los amigos,
los amores,
las nóminas,
yo no estaba en ninguno
de aquellos trabajos.

Al menos mi bolsillo
notó la mejora,
dando paso a mi búsqueda
por los objetos.
Compré baratijas
y joyas caras,
compré cuchitriles,
también mansiones,
chandales de carrefour,
trajes de armani,
me busqué por los forros
de todas las prendas.
Consumí,joder.
Consumí mucho.
Hasta llegué una vez
a adquirir un coche.
Por si al abrir la puerta.
Por si al marcharme lejos.
Por tener siempre a mano
un encendedor.

Hace poco regresé,
a visitar a mis padres.
Dijeron que me encontraban
muy guapo y cambiado,
más viejo, perdido,
el mismo de siempre.
Tampoco conseguí
reconocerme en ellos.

Y aquí me tienes.

A veces me cruzo
contigo en la calle
y en un momento dado
me devuelves la mirada.
Se produce un brillo
que dispara la duda,
y puede que te bese
por chupar mi sabor,
quizá te desnude por
si guardas espejos
en el coño.
Y puede ser,
puede ser,
y follamos sin mapas.
Y rompemos la noche.
Y el día.
Pero no.

La conclusión a todo esto
es que el viaje sigue.
El final es que estoy
empezando a sospecharme.
A asumir que a lo mejor
yo no estoy presente.
Que no voy a sacarme
los ojos por si acaso.
Que la única forma
que tengo de existir.
Es no ser del todo
en ningún lugar.
Vivir con la única
esperanza que sé.
La de que soy sin más.
La de seguir buscándome.


lunes, 28 de octubre de 2013

(Kaiku)


Flor de intestino
para pasar el trago
de no olvidarte.




(Recomendaciones)


AUDIO

En los días de lluvia las madres recomiendan.
Revisar no haya pozos en las suelas del zapato.
Hurtar la garganta al mordisco del aire.
Llevar una segunda prenda de emergencia.
No jugar a la manga corta y esperar
a que en los hilos del brazo crezcan
collares de agua.
No jugar a equilibrista en el borde
un paso tras otro los brazos abiertos.
No jugar a vadear el río grande.
No jugar a saltar el río grande.
No cruzar el maldito río grande
con los zapatos llenos de periscopios.
Pisotear el felpudo
con insistencia flamenca
borrarle de una vez
el bienvenido a casa.
Comprobar de nuevo las suelas del zapato,
buscando catalejos, aspilleras, rosetones.
Y sobre todo no olvidar el paraguas.
No te dejes el paraguas en la barra del bar,
al salir del baño con la bragueta abierta,
en el suelo metálico de la oficina,
en el suelo del metro lleno de ojos,
en el suelo no se dejan las cosas
te tengo dicho.
Pero en los días de lluvia que las madres recomiendan,
yo salgo a la calle a pelo descubierto,
mirando extrañado a los que me rodean,
todos ellos protegidos con un palo que sostiene
un pedazo de tela negra contra el cielo.
Y las gotas que caen porque nadie
les ha dicho lo contrario,
desde lo alto divisan un abismo oscuro,
un mar gris surcado de chapapotes andantes,
de vórtices andantes que son uno solo,
protegiendo nuestra acera del suicidio del agua,
la mandamos entera desagüe enarbolado,
a otro mundo donde puede
por fin estrellarse.
Yo prefiero abrir la boca.
Las palmas hacia arriba caminando
un pie tras otro por el borde.
La lluvia toda muerta ya en mi cara
y alrededores.
Y vivo.
Vivo yo.
Muy vivo yo cruzando el río grande
con los pies descalzos.
Yendo a verte o al trabajo da igual
el agua desbordada por mi cuerpo,
ascendiendo por mi cuerpo a encontrarse
con sus abuelas muertas.
Mis pies descalzos pero llenos
de objetos inverosímiles.
Mi madre, la pobre,
en los días de lluvia,
ha decidido quererme
por imposible.
Ya no repasa la lista
de recomendaciones.
Solamente se calla y me mira resignada.
Y me tiende una toalla
con infinita ternura.